
Día de los Fieles Difuntos Requiem aeternam dona eis, Domine et lux perpetua luceat eis. Lux aeternam luceat eis, Domine, cum sanctis tuis in aeternum, quia pius es. Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis, cum sanctis tuis in aeternum, quia pius es. Javier M. Temoltzin “Porque él, Yahvé, no es Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él”. Lucas 20, 38 Una de las tradiciones más bellas que hay en México es la del “Día de los Fieles Difuntos”. Sin duda alguna es una característica de Hispanoamérica y en cada región se vive y se realizan actividades diversas por éste motivo tan digno de admiración y contemplación; por lo cual no está exento de nuestro análisis y reflexión del mismo, reflexión que no podemos separar de su contenido religioso. Si bien en el inconsciente colectivo la gente sabe que ésta tradición posee fuertemente una esencia religiosa, hoy en día hay muchas adversidades pseudointelectuales y pseudoreligiosas que pretenden obviar o, lo que es peor –y por irónico que parezca- enterrar el “Día de los Fieles Difuntos” de manera definitiva, sin comprender tan siquiera un poco el verdadero significado del mismo más allá de una ofrenda a nuestros seres amados. No nos interesa en este texto dar una historia de la tradición ni mucho menos centrarnos en la contradicción entre Halloween y del mal llamado “día de muertos”. Lo que sí nos interesa es centrarnos en la carga simbólica y existencial del sentido religioso cristiano que dicha tradición posee. Podemos comenzar, sin embargo, recordando que la tradición del “día de muertos” propia del pueblo Azteca se fusionó de manera fantástica con la llegada del Cristianismo, y digo fantástica porque de ese modo “día de muertos” se convirtió en “día de vivos”, es decir, en “Día de los Fieles Difuntos”. De ese modo y desde entonces, los días del 28 de Octubre al 2 de Noviembre los mexicanos con-vivimos con nuestros seres que se han ido ya pero que, de una manera tan personal los vivimos aún de modo único y excepcional. Tan excepcional, nos atrevemos a decir, porque de ese modo también se convive con la muerte. Así sabemos que la muerte no es algo que temer, sino la entrada a la Eternidad. La belleza de la tradición se expresa en las ofrendas tan coloridas y llenas de vida, con flor de Cempoaxóchitl, y de comida que, en memoria de nuestro difunto, era la que prefería y degustaba mejor en vida, sus bebidas, sus alimentos, sus gustos sea mole, pulque, mariachi, cigarros, chocolate, hojaldras, dulces típicos, fruta, calaveritas, papel picado, etc. Cada cosa posee un significado especial y variado dependiendo de la persona a la que se dedique la ofrenda, de tal manera que los familiares pasan el día con-viviendo con ellos, recordándolos y amándolos, esperando por volverse a encontrar y llenos no solamente de colores e incienso, sino de felicidad. Y así en cada región hay infinidad de maneras en que las familias memoran a sus amados seres, en un ambiente tan místico como el Misterio mismo, en el que vivos y muertos se unen por toda la nación para celebrar la Vida Eterna y hacer presente que la vida del hombre no termina aquí, sino que posee una trascendencia de tal índole que motiva a todos nosotros a seguir el camino. Así la tradición del “Día de los Fieles Difuntos” tiene un mensaje de fondo bien importante: que la muerte ha sido vencida, es decir, que al morir no quedamos ahí, sin más, sino que por virtud del espíritu la muerte es solamente un paso o una puerta, el umbral, pero nunca la meta. El hombre es un ser para la muerte, se ha dicho, pero qué incompleta y estrecha concepción, el hombre es un ser para la Vida posterior a la muerte, para aquella realidad religiosa que es Misterio, para Dios. Que si bien nuestras acciones cuentan mucho aquí y ahora, también ellas mismas nos definen para siempre, de tal manera que provocan en los que aquí seguimos un movimiento de memoria. En nuestro corazón lo sabemos. Más allá de una bonita tradición sincretista ésta surge porque en nosotros hay un sentido religioso que nos mueve a ella, no surge de la nada, sino que es producto no solamente del querer ser eternos, sino del reconocimiento de un destino eterno en todos. La conciencia de la muerte, única para el ser humano, suele ser trágica. Pero precisamente el hombre no cae en desesperación porque posee esperanza y sabe de su inmortalidad. Y esta es la aportación del cristianismo, sin la victoria sobre la muerte no quedaría más que la locura. Es así que el “Día de los Fieles Difuntos” no es una ofrenda al muerto por el muerto, ni mucho menos una adoración, es precisamente reconocer que el difunto Vive en la Eternidad y que ha vencido a la muerte siguiendo a quien abrió la puerta con la Resurrección. Esto es lo que hace más liviano el peso de la existencia de manera absoluta, que morimos no para la muerte, sino para la Vida. Para el hombre que no tiene fe, diríamos, la muerte es lo peor que puede pasar. Una vida que ya no es, un amor que nunca estuvo, y un Dios que no existió, a tal grado que se caería en la desesperación, la locura, el asesinato de los otros y el suicidio. Pero para los hombres de Fe, los fieles, la muerte es algo distinto, es el umbral de la Eternidad. El “Día de los Fieles Difuntos” es día de esperanza en el que finalmente nuestro corazón descansa en los brazos de Dios, se celebra la Vida trascendente, no la vida mortal. Los Fieles Difuntos nos están llamando a la Vida y nuestra respuesta se expresa en las ofrendas, nos recuerdan que la muerte no tiene la última palabra, sino que Allá, con el Creador, nos esperan con los brazos abiertos: ¡Después de la muerte, nos espera El Amor! Rex tremendae majestatis qui salvandos salvas gratis, salva me fons pietatis! Lacrimosa dies illa qua resurget et favilla iudicandus homo reus. Huic ergo parce, Deus. Pe Iesu, Domine, dona eis requiem. Amen. Javier M. Temoltzin