El Traspatio

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Tiempo y prisa

Javier M. Temoltzin

 

“Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra”.

Proverbio latino

 

El tiempo, vivimos en él y poco lo conocemos, lo identificamos con el reloj, con el pasar del calendario, con el alba y el ocaso. Pero imposible atrapar. Es más bien él quien nos sujeta con fuerza hasta el punto de someternos. La vida se nos va como agua en las manos, como reza el proverbio: “El tiempo vuela, como las nubes, como las naves, como las sombras”. El tiempo está en constante fuga, se escapa pronto, parece que no dura, que es instante, pero aún el mismo instante se nos ha ido ya. Y nos desespera no tener el tiempo suficiente para hacer todo lo que tenemos pendiente. Fantaseamos con detenerlo y poder apurar las actividades y así, decimos, tener tiempo; para que cuando vuelva a comenzar se nos escape una y otra vez.

Pero esto no siempre fue así. Podemos decir que el tiempo y la prisa son algo nuevo, “moderno”. Cuando el hombre comenzó a pensar en el “progreso” de la industria, del producir, de la ingeniería. Cuando los grandes empresarios se forjaron una meta: el futuro. Sí, porque en el futuro, decían, habremos alcanzado el “progreso”. Pero éste, también se les fugó. Se creyó que el tiempo “progresa” porque no se detiene nunca, pero eltiempo jamás “progresa” porque nunca se mueve como tal, más bien el tiempo es un ingrediente del “progreso”, por ello llegar al “progreso” como la clase política le gusta plantear es y ha sido una empresa absurda. Todas las cosas y personas estamos y nos movemos en el tiempo. Y el futuro, como dirección del tiempo, se mantiene fijo, pero no es meta alguna porque el futuro en sí mismo no da sentido al “progreso”, lo que da el sentido es algo que no es el tiempo, y aquello es la estimación y preferencia de valores.

Queremos tener más tiempo, esa es una de las frases más cercana a nosotros y a nuestra época. No hay tiempo para el estudio, para el trabajo, para la diversión, para la familia, para los amigos. O más bien sí lo hay, pero nunca es suficiente, tenemos prisa. Tenemos alguna actividad importante pero nos apresuramos a hacerlo porque hay otra cosa que requiere tiempo también, y esa otra cosa también la hacemos apresuradamente porque el tiempo se nos va para la siguiente, y siguiente y siguiente actividad por hacer. Y parecemos así el Conejo Blanco de Lewis Carroll gritando una y otra vez “¡Dios mío! Dios mío! ¡Qué tarde voy a llegar!”, para que, una vez que hemos llegado, volvamos a gritar lo mismo sin detenernos realmente a hacer algo con tranquilidad, con tiempo, sin prisa.

El Conejo Blanco en vez de llevar una aventura trae consigo el “Clic, cloc” del reloj y, con ello, la desesperación de no estar verdaderamente en ningún lugar y, por consiguiente, perdiéndonos de las aventuras de la vida. La vida no se vive apresuradamente, de lo contrario nos desvaneceremos como las nubes del cielo. El ritmo de la vida se ha vuelto veloz y vertiginoso, hoy la prisa devora todo a su paso. Con la modernidad y el concepto “progreso” se introdujo también la “velocidad” como valor. Hacerlo todo rápido para que haya mayor producción. Si bien la “velocidad” en diversas áreas es algo bueno, no así en el plano de la persona humana, que se ha adaptado a tener prisa aunque no tenga nada importante que hacer, simplemente tenemos prisa. Ya no vivimos para hoy, sino para el mañana. Y la gente adora la “velocidad” precisamente porque cree, ingenuamente, que alcanzará el “progreso”.

Sin embargo la prisa idiotiza a las masas y termina por aniquilar y destruir todo a su paso. Cuando ella misma se mira como fin y no como medio comenzamos a diluirnos, a perdernos;  terminamos siendo devorados por la “velocidad” y la prisa. Seducidos y enajenados por ella le adherimos un valor que no posee realmente, de tal modo que la deseamos por sí misma; tenemos prisa, decimos, pero sin saber por qué, simplemente parece que esa prisa será útil para alcanzar lo inalcanzable pero, eso sí, ávido siempre de más y más y más a tal grado que podría ser mortal. Laprisa únicamente trae consigo la supresión del mundo y la realidad, al grado de que deja de existir todo a nuestro alrededor; es así que no recordamos qué hicimos u olvidamos qué vamos a hacer; se nos pasan los momentos importantes y lo más efímero parece que vale más la pena.

Vamos por el mundo a una “velocidad” luz que todo lo que nos rodea se pierde hasta llegar a la nada. Para el hombre contemporáneo todo se vuelve ajeno con la prisa; la familia, los amigos, la naturaleza, al final se vive en la nada. La prisa nos ha vuelto extranjeros de nuestra propia tierra, todo lo que está junto a nosotros lo dejamos para otro momento infinitamente veloz y posterior, sin vivir “ahí” con nada ni nadie. Vamos como en una especie de máquina del tiempo a “velocidad” luz y sonido en la que todo lo que está allá afuera pasa desapercibido por la inmensa “velocidad” a la que vamos. Hemos tenido tanta prisa por llegar a “quién sabe dónde” que finalmente hemos llegado a nuestros destino: muerte y suicido.

La prisa debería de ser una herramienta para alcanzar momentos de felicidad y gratos que valgan tantísimo la pena como para detenerse y contemplar, para estar con todo lo verdaderamente valioso; pero cuando el tiempo vuelto “velocidad” y prisa se anteponen como absolutos, entonces, aquello verdaderamente valioso pareciera algo indeseado, cansado, poco interesante y productivo, algo que, sencillamente, no vale la pena detenerse. Lo que en consecuencia hará de nosotros seres volátiles, nubes y sombras. La prisa así, se tragará la vida entera. Mientras nuestras vivencias no alimenten y nutran el alma nada en nosotros se conservará porque no habrá tiempo, ni para vivir ni para amar. En la sociedad Mc Donalds ya no hay personas, solamente obreros, no más emociones, solamente sensaciones, instantes.

El hombre de hoy es hombre de vorágine, de taller, de fábrica, de puestos de comida rápida, de amor volátil, de amistades cortas, de familia exprés. No sabe vivir en soledad, se aburre con rapidez porque no se encuentra a sí mismo, la misma “velocidad” de la vida, las prisas, le han impedido mirarse en el espejo y reconocerse. Se vive como si todo fuera a caer y nuestra cabeza se dirigiera al negro abismo de todos los sueños, donde todo es pesadilla y terror, miradas frente al espejo de la “psyche” humana que escupen fuego y causan dolor pero sin mirarse a los ojos. Cada golpe del reloj, cada campanada es mirar y dar cuenta del espacio profundo y vacio sin fondo como es aquella vicisitud sin nombre que es el “yo”. “Yo” disoluto, contra punto de partida que se fuga. Al final, nada queda.

 

Javier M. Temoltzin


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