El Traspatio

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Claroscuro

Javier M. Temoltzin

Los últimos días han sido de lo más complicados, por ello Paul y Yo pedimos una franca disculpa por la ausencia de la semana pasada; y es que precisamente en el devenir cotidiano las cosas no siempre salen como a uno le gustaría, tanto en los ámbitos personales como en los sociales, económicos o temporales, siempre hay algo que no cuadra, algo que nos saca de nuestras casillas, de aquella casilla de confort, esa permanencia en lo que “es” y que nos empeñamos porque así continúe; pero es que somos ciegos al verdadero “ser” que es dinámico, que nos permite ser precisamente porque vivimos y estamos en movimiento, que no hay perfección sino cosas perfectibles, que mi egoísmo solamente me encierra en mi estructura interna y no contemplo con ánimo lo que sucede. Todo lo que alguna vez ha sido, sin más, deja de ser, y, a veces vuelve, pero muchas veces no, es parte de esta ambigüedad o, mejor dicho, dualidad cotidiana en que vivimos y es menester abrazar, de lo contrario habrá que esfumarse en la desesperación. Somos seres para la luz, pensamos, pero cuando se obscurece no sabemos qué hacer o, más bien, sí lo sabemos pero tropezamos con sombras; es ahí que nos percatamos de algo bien importante: que también vivimos para la noche, y sin ella, sin lo tenebroso, la realidad sería, quizás, perfecta, un eterno ¡gloria! Pero también algo tedioso. De ahí que en nosotros nace lo claroscuro, en los artistas como muestra de su “estar-en”, y en todos los demás, como descubrimiento de que somos los que nunca hemos sido.


El término claroscuro hace referencia inmediatamente en nosotros a aquella realidad artística de cualquier ámbito, principalmente la pintura y la fotografía; si bien también se da en el cine, las letras, etc. lo claroscuro siempre nos remite a una realidad todavía más compleja, es decir, no solamente nos trae a memoria un cuadro de Caravaggio o Rembrandt, sino que aquello que observamos en tal objeto estético podemos identificarlo de manera muy cercana al espíritu. El claroscuro no solamente es una técnica artística, sino que trasciende a un plano existencial y antropológico. Donde quiera que volteemos daremos cuenta que la realidad posee una dualidad grande, que nuestro alrededor no se presenta de manera absolutamente unificada, de manera muy particular en los seres humanos es donde más identificamos la dualidad, es decir, lo claroscuro. Durante años se ha disputado si el ser humano es bueno, o si es malo, pero la experiencia nos muestra que es ambas cosas. En nosotros hay claroscuro, el bien y el mal están conviviendo en nuestro espíritu y somos una asombrosa mezcla de luz y obscuridad. Por ello el hombre es indefinible, imposible es limitar al hombre a una definición; mucho más será conocerlo, jamás terminamos por conocer a nadie, ni siquiera a nosotros mismos, pues la realidad dual se presenta precisamente en el hombre en relación con los otros. Tantas veces hemos encontrado en nuestro camino a personas diversas, a algunos les llamamos familia, a otros amigos y a otros simplemente conocidos, pero en todos ellos logramos victorias afectivas mucho significado; sucede, sin embargo, que en el momento menos esperado tales victorias se descubren como lo que realmente son, batallas sin término. Nuestra sonrisa, alegría, amor, bondad, belleza, justicia, etc. que creíamos serían para siempre con relación a ellos se diluyen para convertirse en tristeza, odio, maldad, injusticia, etc. Nos sentimos culpables, cierto, pero es que no nos hemos dado cuenta que no hay luz sin obscuridad, que en aquellas personas en quienes depositamos corazón también se da la dualidad, por ello las relaciones sociales son constantes luchas, porque no hay victoria sin combate, y sabemos que, cuando más obscura es la noche es porque más próxima está la luz por salir. Eso es el claroscuro en la vida diaria del hombre, el mundo no se divide en gente buena o gente mala. Todos tenemos luz y obscuridad dentro de nosotros. Lo importante es nuestra elección, nuestra libertad que no sea arbitrariedad. No hay por tanto pugna apocalíptica porque el campo de batalla, el Armagedón son ‘ellos’, somos ‘nosotros’, eres ‘tú’, soy ‘yo’.

Javier M. Temoltzin

 
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