Independencia y raza
Javier M. Temoltzin
“Si a la lid contra hueste enemiga
nos convoca la trompa guerrera,
de
Iturbide la sacra bandera
¡Mexicanos! valientes seguid”[1].
He aquí que estamos en la vieja casa de la calle
Juárez a un costado del Palacio de Gobierno, aquel que guarda celosamente y con
orgullo los murales del gran artista Tlaxcalteca: don Desiderio H. Xochitiotzin,
nadie mejor que él ha representado con total claridad la dualidad del pueblo,
su mestizaje y mexicanidad; a punto de dar el grito de Dolores el pueblo se ha
de preparar, abajo las banderas ondean con la mar de gente, que entre memelas,
tacos, chalupas, tamales, pozole, carnitas, pulque, café de olla y todos los
antojitos inimaginables, el pueblo se ha
volver un solo cuerpo que, premonitoriamente, en gritos de dolores recordará la
Independencia que no fue. Volver a la memoria los héroes que nos dieron patria:
Hidalgo, Morelos, Guerrero, Iturbide, entre otros. He aquí que estamos reunidos
para celebrar el dolor de parto que fue la Independencia de México, a un año
del bicentenario de la gesta independentista en que las sangrientas, pero
sobretodo, confusas batallas de México e Iberoamérica pintaron de libertad la
tierra de la Nueva España. El cielo se vestirá con estrellas verdes, blancas y
rojas y a un grito de ¡Viva! el espíritu realmente vivirá y llorará el
nacimiento de una nación; independencia, religión y raza son las palabras que
vienen a nuestra mente al contemplar aquella bandera que baila al viento del
día de fiesta –mariachi en lengua Otomí- el Himno Nacional, el himno a
Tlaxcala, la marcha Zacatecas, jarabe tapatío o las bodas de Luis Alonso. Los
colores de México son los colores con que teñimos nuestra vida: el color verde
muestra la Independencia, una nación con entereza y firme de carácter, el
blanco la Religión, el pueblo de México es naturalmente místico, no es posible
entenderlo sin éste sentido religioso ancestral en nosotros, y el rojo la Raza,
México es un pueblo de contrastes, lo que nos lleva a la reflexión central: ¿Qué
es, o mejor dicho, quiénes somos México? Un color, una raza, una sangre;
Tlaxcala, por otro lado, la más
principal de las ciudades de la Nueva España, consuma en plenitud tal realidad.
No hubo en el México prehispánico un pueblo con visión de Nación como el pueblo
tlaxcalteca. La alianza entre tlaxcaltecas y españoles consitió la única manifestación indígena con aspiraciones de nacionalidad. Triunfo del mestizaje, síntesis y armonía en un mismo ser.
“Las indígenas tribus
te fundaron
y su raza en la nuestra se volcó
y fue el choque brutal con el hispano
el crisol que tu espíritu forjó…
Fuiste cuna sin par del
mestizaje
que en la patria naciente floreció
¡tú fundiste el acero y el plumaje!
¡fuiste tú la raíz de la nación!”[2].
México somos todos nosotros, todos los que, como el
pueblo tlaxcalteca, aceptamos esta realidad dual, la de ser mestizos, el
mestizaje nos define como mexicanos. ¡He aquí tlaxcalteca que estás frente a dos
abismos, contemplándolos a un tiempo! Mentira es que el mestizaje debilita y
ayuda a sucumbir una raza, el mestizaje es
una nueva raza; ya no seremos premexicanos sino mexicanos. He ahí que la
aceptación de nuestra naturaleza nos conducirá a las mayores alturas, en las
que se entenderá finalmente quiénes somos y a dónde dirigirnos, el problema
actual radica en aquellos espíritus abyectos que se empeñan por defender a capa
y espada el pasado prehispánico –que toda nuestra admiración y respeto tiene-
pero aquellas personas se esfuerzan por destruir la sangre que corre por sus
venas, mitad indígenas y mitad españoles; ¿o lo uno o lo otro? ¡Nada de eso!
Somos ambos, mestizos, somos mexicanos. Aquel que vive del resentimiento, aquel
que se encarga de exaltar por encima de los valores iberoamericanos los valores
indios no entiende, no comprende que usa sus categorías contra sí mismo, tal es
el antimexicano, que no contempla con claridad que Cuauhtémoc y Cortés no son
opuestos, sino que son co-creadores de México, es una confluencia de razas y el
nacimiento de un nuevo pueblo. Esto es ser nacionalista, vivir con orgullo el
día de la Independencia de México es estar seguro de nuestra condición, de
nuestra naturaleza, de nuestra esencia; únicamente en la medida en que se rompa
aquella barrera que es un grito con banderita en mano y se tome conciencia de
los integrantes del cuerpo nacional, así y sólo así habrá nacionalidad. Nos
falta mucho como mexicanos, nos falta tanto porque no hay una conciencia del
todo que es únicamente posible siendo acobijados bajo una misma bandera real:
una tradición y un camino. Esto es, incluir al indígena, aquel premexicano para
que tome conciencia de su rol en México, no en un tiempo hace quinientos años,
sino aquí en éste México, mirar con los mismos ojos la herencia española sin
odio, la historia es la historia, lo que sucedió hecho está.
Hay así dos historias: la del indígena y la del español, pero ninguna de ellas es mexicana, es tiempo de forjar nuestra historia con esa conciencia nacional, cosechemos lo propio; conjuntar ambas miradas y así, la conciencia nacionalista del mexicano podrá, finalmente, combatir contra el antimexicano, aquel que trata de destruir la raza mestiza queriendo destruir cinco siglos de historia o, peor aún, aquel que introduce manos extranjeras para alejarnos de lo que es muy nuestro, de nuestros colores que ya hemos hablado. No estamos alejándonos tampoco de un marco internacional, conscientes somos de la importancia, y hoy más que nunca, de entendernos en una realidad muchísimo más compleja y entrelazada; pero eso no excluye la importancia radical que ha de haber para una suficiente conciencia nacional; tampoco nos referimos a aquellos nacionalismos desalmados que han conducido a la tragedia, nos referimos a una conciencia de nación en el que la democracia y la libertad sean abrazadas bajo tal dinamismos vital y de acción El corazón del pueblo no palpita en el Zócalo capitalino o en cualquier otro bello centro histórico colonial, tampoco en la gran Tenochtitlán ni en ningún otro centro arqueológico, ni en un templo a Quetzalcóatl ni en otro a Jesucristo; el corazón de México palpita arriba y debajo de todas las grandes ciudades, palpita tanto en palacio de Gobierno como en Cacaxtla, las dos realidades son ese corazón que funciona con aurículas y ventrículos derechos e izquierdos, superiores e inferiores, en los que la sangre corre y vivifica el cuerpo entero; sirva su manera de trabajar del corazón humano para ejemplificar el funcionamiento de un pueblo con conciencia de mestizaje y de nación. Únicamente así, México, siguiendo el ejemplo del tlaxcalteca, podrá elevarse a las mayores alturas del espíritu que nos anima, para que el grito de Independencia no sea solamente el eco de una gran masa de ciudadanos marchando como obreros al sepulcro, sino verdaderos espíritus encarnados, dinámicos, seres de acción, enérgicos y vitales, con metas nacionales; dejando un poco de lado la materialidad administrativa y burocrática que nos separa del hermano, contemplar su rostro, su alma, y que ese grito bandera y campana en mano sea así, con esta conciencia de mexicanidad, que nuestros ecos del ¡Viva! alcancen las cimas de éste nuestro hogar y despertemos mirándonos como la gran familia que somos: México, nación, credo y raza, mestizos ¡Viva Iberoamérica! ¡Viva México! ¡Viva Tlaxcala!
Javier M. Temoltzin