El Traspatio

  • Home
  • 15-Sep-09
  • 21-Sep-09
  • 28-Sep-09
  • 05-Oct-09
  • 19-Oct-09
  • 26-Oct-09
  • 02-Nov-09
  • Colaboradores


Lobo y corderos

 

Javier M. Temoltzin

 

“Homo homini lupus... Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit”. Proverbio Latino

 

¿Alguna vez han viajado en el metro de la ciudad de México? La pregunta parecerá obvia, pero cierto es que no todos los han hecho. El metro del D. F. es tremendo laberinto sin meta fija, tu vas en él con el conocimiento de un lugar a dónde llegar, pero te pierdes en la masa, todos avanzan, entran y salen, unos corren otros caminan y algún que otro ocioso pensador se sienta a contemplar el paso de la gente –quizás un filósofo desempleado vagabundo a priori-, a escuchar el murmullo, el ruido de los zapatos y esperando aquel sonido inconfundible que es de una gran presión en fuga cuando se acerca el metro, comienza el chocante malestar “que me toque vacío” pensamos a sabiendas de que es prácticamente imposible a esas horas del día. Todo ocurre en perfecta calma con la única preocupación de que te roben la cartera o el bolso, te toquen las nalgas, te ensucien la clara playera del trabajo con el polvo y sudor vecino, o que te de influenza, todo por la cómoda suma de dos pesitos; sin embargo te encaminas en aquella ciudad subterránea donde todos se homologan, lugar en el que brinca a ritmo de latido el hombre del subsuelo, el ser obscuro de nuestra propia existencia. Todos se saludan extrañados con miradas que poco o nada se tocan, pocos son los novios abrazados y muchos los adultos que escuchan la compilación más grande de la historia en MP3 a tan sólo 10 lanas, ciudadanos de la misma orbe pero extranjeros de líneas multicolores, camaleones de estaciones, ayer la rosa, hoy un puente arriba y estamos en la verde, mañana, quizás, café; dudamos de permanecer allí o tomar el camino de ayer, finalmente ahí nos quedamos. Miramos la imagen de la estación, un cañón de guerra, la matanza de los diez días contra el Gobierno de Francisco I. Madero y que se consuma en su asesinato, tal pensamiento nos inunda y divide entre Pantitlán-Observatorio e Indios Verdes-Universidad. “Matanza…”, la ciudadela y Balderas. Sorprendería entonces que, entre tales elucubraciones, algunos más otros menos, preocupaciones todas: buscar el pan de cada día, hacer la tarea, encontrar nuevo trabajo, soportar el olor, que el niño deje de llorar, lavar la ropa, pagar la renta y la escuela, leer la nota roja, desear estar con ella o con él… pensamientos que se desvanecen cuando, en un parpadeo la marea de gente forma ola y chocan bruscamente entre gritos y tropiezos, un fuerte ruido a choque nos despierta del aletargado movimiento ¿un disparo? Todo sucede muy rápido corremos en todas direcciones, derecha o izquierda, da igual. El lobo ataca, dispara el cañón, no miramos, escuchamos y respiramos agitadamente, hay una pelea, el cobarde ataca al defensor, dos han caído. Otros se retiran y caminan tranquilamente, se les hace tarde para el trabajo, mujeres llorando, descontrol total. No está. Sí, se ha escondido, grita consignas contra el Gobierno, en el nombre de Dios lo hace, es un loco, un desquiciado producto de sí mismo, le he mirado su cara, ha perdido su rostro; es un alma obscura venida de no sé qué abismo, caminaba entre nosotros.

¿Qué le ha sucedido a éste hombre que se ha vuelto contra los otros, su propia especie, para finalmente volverse contra sí mismo? El lobo se ha asomado en su espalda, la violencia se fundió en su persona y se ha convertido en un necrofílico, esto es, en un amante de la muerte. Su conciencia nublada no le permite ver que entre él y lo otros hay una ligera frontera a la que respondemos y somos responsables; aquella idea de Lévinas que nos dice:


“Ser Yo significa, por lo tanto, no poder sustraerse a la responsabilidad, como si todo el edificio de la creación reposara sobre mis espaldas. La unicidad del Yo es el hecho de que nadie puede responder en mi lugar. Descubrir en mí esa orientación es identificar el Yo y la moralidad. El Yo ante Otro es infinitamente responsable. El Otro que provoca este movimiento ético en la conciencia”.

Lévinas replantea el problema de la subjetividad, constituye una crítica a las posturas filosóficas que proponen una subjetividad centrada en el ‘yo’, que está encerrado siempre en su identidad, las cuales han generado problemas como el egoísmo, el hedonismo y el solipsismo. Lévinas promueve otro modo de ser, lo que él describe como un humanismo verdaderamente humano: El Humanismo del Otro Hombre, sustentado en la subjetividad que se instaura en el momento en que el ‘yo’ al ser proyectado hacia el exterior por la intencionalidad, no regresa a sí-mismo, sino que se abre a la alteridad, mediante el reconocimiento del otro, a quien acoge como huésped. Lévinas propone una concepción de la alteridad que se base sobre la epifanía del rostro del “otro” y llama a la responsabilidad de cada uno. Acercarse al ser humano es necesariamente encontrarse de un momento a otro en la huella del Otro.

Esta es la verdadera reflexión, la violencia que se nos mostró aquel día con ese individuo disparando indiscriminadamente en el metro –y así como él todos aquellos que provocan terror en la sociedad- nos conduce a reflexiones de ésta índole, la importancia del “otro”, el “otro” como ser que me despierta una conciencia de vida, de espíritu; amamos a los demás porque descubrimos en ellos un ser eterno, alguien con dignidad, una persona humana que me abre las puertas a la interioridad y a mí mismo. Todos somos co-responsables unos con otros, renacemos en el vivo y verdadero encuentro del “yo” con el “otro”, en el descubrimiento de su ser como valor trascedente. El hombre es lobo para el hombre. Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro. El hombre es lobo y cordero al mismo tiempo, a veces más un lobo, otras un cordero, o quizás un cordero disfrazado de lobo o viceversa, en ambos casos persiste el riesgo de endurecer el corazón, cuando el hombre pierde su humanidad se ha perdido todo, en aquellos momentos sádicos y crueles que se presentan listos para matar porque se ha ensombrecido el rostro, porque no podemos identificarnos con aquel que está enfrente, o a un lado o atrás, un quiebre en la persona ha sucedido, aquella síntesis de cuerpo y alma se fragmenta; tal vez sea locura, o quizás no, lo que no podemos negar es que cada uno de nosotros avanzamos por estas terminales, todos nos movemos por estaciones y vagones, entramos y salimos a la dirección que hemos elegido, podemos tomar dirección vida o dirección muerte, dirección bondad o dirección maldad. La respuesta siempre estará en nuestras manos. Nosotros decidimos.

Javier M. Temoltzin

Make a Free Website with Yola.